martes, 7 de abril de 2015

Al desnudo una sociedad de cómplices


Al desnudo una sociedad de cómplices
 Hay un proyecto histórico de país agotado. Que no da más. En lo político, lo  económico, lo social, lo moral y lo ético. No hay otra alternativa como la construcción de un diálogo sincero, serio y decente de todos los sectores que hacen vida de nación para repensarla y hacerla incluyente, productiva y justa. Una reingeniería completa viable y diversificada en lo económico, sustentable en lo social; utilizando el medio ambiente con sentido común, racional y protector. Con la misión de lograr una economía independiente de los ingresos y altibajos del petróleo. Una nación de leyes, estado de derecho funcional y oportunidades.
 Se impone la siembra de una nueva cultura política donde seamos “modestos en el hablar pero abundantes en el obrar”.  Con un “parao” firme al reciclaje del mecanismo de conformación de élites políticas y económicas – siempre de la mano – que viene actuando en Venezuela desde la Independencia.  Hay historiadores que atribuyen a Antonio Guzmán Blanco, “el Ilustre Americano”, como el primer político corrupto de la república por haber recibido una  multimillonaria comisión por un empréstito londinense que lo convirtiera en el latinoamericano más rico de los salones franceses de la época. Desde entonces, el descarrío público no ha parado.
 En la tumultuosa y precaria democracia de los últimos años, la indecencia ha llegado a niveles inimaginables e insospechables.  No se me puede olvidar expresiones de los ya fallecidos dirigentes: Gonzalo Barrios y Hugo Rafael Chávez Frías, cuando coincidieron al afirmar “no había razón valedera alguna para no robarse los dineros públicos en nuestro país”, pues los osados han contado siempre con la impunidad más absoluta de un estado y el silencio cómplice de una gran parte de la sociedad. Las últimas denuncias sobre las súbitas riquezas de algunos ciudadanos venezolanos dentro como fuera del país se habrían forjado al calor de la complicidad, la alcahuetería y los derroches del poder político.  Lo penoso,  con el descaro de un respaldo popular de los marginados, los más vulnerables socialmente pero también de los más ricos. De dirigentes políticos, intelectuales y medios de comunicación social atrincherados algunos de ellos a la vileza y oportunismo.
 En lo económico se sigue fortaleciendo una economía nacional, una ciudadanía, parasitaria dependiente de los ingresos petroleros, de la riqueza fácil sin trabajarla y sudarla. A título de reflexión, traigo de nuevo el ejemplo de la economía noruega, un país petrolero sin la variedad y las inmensas riquezas naturales de Venezuela, cuya economía es independiente del petróleo (solo la financia su crudo en un 2%); en cambio, la nuestra, todo lo contrario, depende casi total de los ingresos petroleros (92%).
 Durante los gobiernos de Chávez  y el actual de Maduro, entre los dos, la nación ha recibido no menos de un billón y medio de dólares por renta petrolera, cifra no reflejada en inversiones productivas, en progreso y desarrollo humano. ¿Adónde han ido a parar esos reales? pregunta  sin respuesta. Entretanto, infelizmente nos encontramos ante una sociedad atrapada de escándalos donde la corrupción y la impunidad van de la mano. Y nada ni nadie garantiza aplicación de la justicia. Ni donde se da información veraz, objetiva y oportuna. Mientras escasean alimentos, medicina, productos y servicios de primera necesidad, empleos decentes y estables. Con una inflación de 69%, un PIB -3,99% y  25 mil asesinatos en 2014.
 Decía estos días el ex presidente socialista español, Felipe González, que la gravedad de nuestra crisis nacional es comparada con la que tuvo Cuba cuando los rusos le quitaron el subsidio financiero; con la diferencia que la Venezuela de hoy no tiene “capacidad de suministro de calorías ni hay institucionalidad para administrar la escasez”.
 Como sociedad tenemos responsabilidades en este proceso de destrucción nacional. Por negligencia, “por no hacer”,  “por dejar hacer”, “por dejar pasar”.  Cualesquiera sean las razones o las excusas, tenemos un compromiso de vida de país con nuestros mayores, con nuestros jóvenes, con nuestros niños, con los que están por venir. Estamos obligados a cambiar y rectificar. Por donde nos llevan, nos alejan de la prosperidad, de la justicia, de la democracia, de la esperanza. Un callejón sin salida.  No se trata de soluciones emocionales o ideológicas sino de garantías de vida, de respeto al derecho ajeno, de crecer libre en lo material, lo espiritual y lo humano con capacitación y oportunidades para todos, independientemente de pensamientos y creencias diferentes. 
 Ello implica oírnos, entendernos, ponernos de acuerdo donde tengamos coincidencia; discernir las diferencias, pero sobre todo persuadirnos del bien común como prioridad estratégica de Estado y de sociedad.  Nuestros padres y abuelos carecieron de oportunidades de estudios y trabajo pero fueron unos pobres dignos, ricos en rectitud, valores, respeto y solidaridad humana. Mi modelo.
Presidente del Ifedec, capítulo Estado Bolívar      @renenunez51                               

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