miércoles, 6 de agosto de 2014

Se puede, si reconocemos nuestras limitaciones


 No estamos satisfechos como ciudadano con el país que hemos tenido. Ni con el que seguimos teniendo. La misión como sociedad democrática de conquistar el progreso y el desarrollo humano de todos los venezolanos con oportunidades, educación y trabajo decente, no se ha logrado. No hay excusas, tenemos riqueza natural y humana de sobra.
 No hemos dejado de tener una cultura rentista petrolera en lo económico. Ahora peor, casi totalmente dependiendo del crudo que lo tenemos en cantidades incuantificable por explorar y explotar. ¿Qué nos ha faltado, entonces? Líderes, dirigentes y gobiernos idóneos, convencidos del trabajo creador e innovador para construir bien común con libertades y respeto.
 Llegamos al 2014 con más problemas y menos soluciones. Este desequilibrio es la causa de la alta conflictividad laboral y social en todos los estados. Las políticas públicas continúan sin interpretar las necesidades de la gente, niegan la participación.
 Los responsables, en primer lugar, el Estado por no poner orden, no garantizar justicia y no crear condiciones para el bienestar de la población sin distingo de color, de religión o de raza. Segundo, el gobierno (poder ejecutivo) por ideologizar la sociedad -a juro-  mediante un modelo centralista destructor de la institucionalidad, asfixiante y desmovilizador del ciudadano, promotor de odios y resentimientos sociales (lucha de clases). Tercero, los factores políticos democráticos por la incapacidad de prever y darse cuenta hacia dónde estamos yendo bajo un régimen como el que tenemos, sin procurar con aciertos una propuesta de visión de país compartida y viable. Con la verdad por delante para advertir las consecuencias del rentismo, del autoritarismo, de la relación de dependencia absoluta del estado o gobierno.  
 Estamos entrampados tanto los seguidores del gobierno con sus dirigentes  como los opositores con los de ellos. Para romper esa polarización que nos está haciendo mucho daño, se requiere de un punto de encuentro para el diálogo. Un diálogo colectivo no entre dos interlocutores. No, plural, constituido por los partidos, los empresarios, los comerciantes, las universidades, los colegios profesionales, los sindicatos, las iglesias, los estudiantes, las ONG, la sociedad civil organizada. ¿Cómo? Venciendo las trabas y ambiciones individuales y grupales. Con un lenguaje directo, franco, cordial y respetuoso. Un reto por cumplir en una coyuntura política muy difícil con la cual nos jugamos la suerte y, por ende, los destinos de la nación en los venideros años, una nación en proceso de ruinas, cuya responsabilidad política y moral es de todos reconstruirla con participación, imaginación creadora y valores.
 La fuerza de los más fuertes hacen que sean más fuertes los fuertes y la división de los débiles hace que los débiles sean más débiles. Las mayorías nacionales piensan que sus problemas más serios son: la pérdida de su poder de compra, la escasez, la inseguridad y las pocas ofertas de empleos directos e indirectos.
 Se nos plantea  como sociedad una tarea fundamental como la de demostrar los desaciertos y los engaños del sistema instaurado en contra de la voluntad de las mayorías y de la propia constitución nacional.
 Estoy convencido de la profusión de diagnósticos y de propuestas existentes para la salida de la crisis; pero lo que realmente hemos fallado es en la habilidad de consensuar la mejor solución y en la selección de “ejecutores eficientes y transparentes” para hacerla realidad. El compromiso, por ahora, romper las barreras de la sujeción. Ser auténtico en los que nos acerca y en los que nos aleja, pero todo para reforzar  cuanto haya de común para superar cuánto hay de divergente, entendiendo como natural las complejidades y los intereses disímiles entre los grupos.
 La tarea no es encubrir lo viejo. Lo negativo del pasado. El nuevo objetivo político ha de ser  incluyente, para grandes y para pequeños, Hoy más que nunca estamos ávidos de justicia. La injusticia está basada en el sistema y es éste el que nos obliga juntos a reordenarlo y  reorientarlo. No hay cambio sin hombres cambiados. No hay nuevas políticas sin políticas renovadas.
 Esa renovación ha de inspirarse transmitiendo credibilidad y confianza. La esperanza se basa en la solidaridad humana. Defendiendo y promoviendo valores. Nos mienten y se burlan de nuestra dignidad quienes creen que por el camino de la falta de fe, de la crítica negativa, de la división de la desesperanza y de los odios y egoísmos, del reino de la violencia, podemos ser felices. Hagamos de los problemas soluciones tangibles y venceremos la utopía
Presidente del Ifedec, capítulo Estado Bolívar      @renenunez51 

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